El 21 de enero de 1994, el fuego parecía controlado en «La Matanza». Un cambio de viento inesperado encerró a 25 jóvenes aspirantes en una trampa mortal. Tenían entre 11 y 25 años.

Por Sebastián López – La Patagonia da y quita con la misma fuerza. Hace 32 años, en Puerto Madryn, el viento decidió llevarse lo más sagrado. El 21 de enero de 1994 quedó marcado a fuego como el día en que 25 chicos salieron a apagar «pastitos» y nunca volvieron. No murieron combatiendo un infierno, murieron porque el viento los traicionó.

La calma que mentía

Aquella tarde, el incendio de campos en la zona de «La Matanza» parecía historia pasada. El parte oficial decía que estaba controlado. Con esa tranquilidad, se decidió llevar a los cadetes al terreno. Eran hijos de bomberos, chicos de la escuela de aspirantes. Fueron a hacer guardia de cenizas. A «apagar algún pastito», como se dice en la jerga, porque el peligro ya no existía. Entre ellos había nenes de apenas 11 años y jóvenes de hasta 25. Iban a aprender, a ayudar, a sentir el orgullo del uniforme.

La trampa invisible

A las 17:30, la naturaleza mostró su cara más cruel. El viento rotó bruscamente y las ráfagas superaron los 40 kilómetros por hora. Lo que era humo manso se convirtió en una pared de fuego. Las brasas revivieron y los encerraron en un círculo mortal. José Luis Manchula, el jefe de 23 años, llegó a pedir auxilio por radio. Dijo que estaban rodeados. Fue su última voz. El humo negro lo tapó todo. Los asfixió antes de que las llamas llegaran.

El amanecer más triste

Madryn no durmió esa noche. Las sirenas sonaban sin respuesta. Al día siguiente, la luz del sol reveló la tragedia. Los encontraron juntos. Alineados. Se protegieron unos a otros hasta el final, como hermanos de fuego. La imagen del tráiler llevando los 25 ataúdes desgarró el alma del país. Un pueblo entero llorando a sus hijos.

Memoria eterna

Hoy, la plaza de Madryn tiene un monumento que duele y emociona. Un bombero con alas de ángel lleva a un niño en brazos. Hay 25 molinetes que giran con el viento. Ese mismo viento que un día fue verdugo, hoy les rinde homenaje eterno. No son solo nombres en una placa. Son los «bomberitos» que nos enseñaron que la vocación, a veces, se paga con la vida.


Recordarlos no es solo un acto de memoria, es una obligación moral. Esos 25 cascos vacíos nos recuerdan el precio del servicio. En cada sirena que suena hoy, hay un poco de ellos cuidándonos desde arriba.

Sebastian Lopez, columnista local.